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'La bella y la bestia', de Bill Condon
'La bella y la bestia', de Bill Condon
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Fuente
:
Disney
Estreno

De la animación a la imagen real sin inventiva mediante

'La bella y la bestia', de Bill Condon

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Vie, 17 Mar 2017

La relativa cercanía de la versión de La bella y la bestia realizada en 1991 por Gary Trousdale y Kirk Wise, su importancia dentro de la animación contemporánea, en general, y para la Disney, en particular, así como su condición de obra maestra del género gracias a su derroche de imaginación en cada plano y en cada secuencia y por la banda sonora de Alan Menken, son elementos que hacían que a priori, la versión en imagen real dirigida por Bill Condon, se presentase como una de las más complejas a la hora de conseguir una traslación convincente del mundo animado de la original a imagen real. A lo que había que añadir la elección de Emma Watson para protagonizarla, idea que no gustó desde el momento en que se supo. La bella y la bestia supone otra pieza más del proyecto de la Disney de revisar sus clásicos de animación realizando remakes en imagen real. En este caso, ha seguido la adaptación que llevaron a cabo en 1991 de la novela de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Y a uno de los mayores problemas al que se enfrentaban, residía en trasladar un imaginario fílmico que funcionaba a la perfección en animación a imagen real, pudiendo resultar demasiado impostado, extraño incluso, para el espectador.

Pero la nueva La bella y la bestia consigue funcionar de principio a fin incluso durando una hora más que la anterior de animación para contar lo mismo, algo que, por otro lado, debería hacer recapacitar al estudio a la hora de regular el metraje de las películas. Cuando decimos que ‘funciona’ nos referimos no a hacerlo de una manera realmente convincente en su planteamiento narrativo y/o visual o porque aporte algo diferente, sino porque lo hace dentro de los parámetros de su naturaleza de producción. En otras palabras, se somete en todo momento a lo que es, no quizá a lo que debería ser o, en otro orden cosas, a lo que cada uno quisiera que fuese.

La bella y la bestia de Bill Condon funciona, sí, insistimos, como una producción que canibaliza la película precedente, y, sobre todo, sus canciones y banda sonora, para jugar al recuerdo con las imágenes de aquella: da igual que las secuencias tengan una planificación parecida o no, lo importante es el juego de espejos que se crea entre la imagen real y la animada para que, al final, el espectador no esté viendo en pantallas imágenes propias, o qué decir, nuevas, sino imágenes referenciales que buscan la asimilación –apelando a que el posible espectador haya visto la de 1991- en vez de una nueva lectura de la historia, aunque fuese manteniendo la misma banda sonora. Porque a pesar de la innecesaria duración de La bella y la bestia, lo más reseñable siempre se encuentra en relación, para bien o para mal, con la previa de animación. De este modo, el trabajo de Condon apenas tiene presencia bajo el dispositivo de producción, totalmente deslumbrante, y se somete a la genialidad de las canciones de Menkel, que siguen poseyendo, aunque quizá ya menos, la fuerza de hace casi dos décadas, para ser el vehículo narrativo de la película.

En cualquier caso, La bella y la bestia no defraudará, aunque, en general, creemos que tampoco encantará. Deja un buen sabor de boca, quizás porque el desastre que uno se esperaba ha sido mucho menor. También porque la Disney, a estas alturas, incluso en sus peores películas o más desganadas, consigue, como en La bella y la bestia, poner en marcha una película satisfactoria en sus pretensiones, aunque no haya logrado más que ser su reescritura en imagen real de la de animación sin, a diferencia de ésta, aportar algo visualmente.

Porque si algo resulta interesante en la traslación de la animación a la imagen real, es ver cómo en un marco pretendidamente real se inscribe la fantasía, la cual, en animación, siempre posee una mayor confortabilidad, unos márgenes más abiertos, casi naturales. En el caso de la nueva versión de La bella y la bestia no hay trabajo alguno a este respecto: lo real cinematográfico, como decíamos anteriormente, viene dado en su relación con la película de animación por lo que el espectador asume lo que ve como remendó en imagen real de aquella, pero por nada más. Como si las figuras de animación se hubiesen convertido en personas y reinterpretasen la historia. Los personajes de La bella y la bestia en su nueva versión no habitan un espacio imaginario propio, sino que se mueven como un reminiscencias de sus formas animadas.

Al final de la película asistimos a un gran baile en el que todo es alegría y diversión. La historia ha terminado como era de esperar. La vida y el amor fluyen. Incluso, como se ha mencionado en las últimas semanas, hasta aparece un personaje homosexual. Un final que ejemplifica lo que, en verdad, es La bella y la bestia: un largo baile disfrutable y divertido que acaba llegando a su irremediable final. Y, después de la grandilocuencia de los festejos, no queda nada. 



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