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'Yo no soy Madame Bovary', de Feng Xiaogang
'Yo no soy Madame Bovary', de Feng Xiaogang
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Fuente
:
Vértigo Films
Estreno

'Yo no soy Madame Bovary': Una mujer contra el sistema

'Yo no soy Madame Bovary', de Feng Xiaogang

Jue, 9 Mar 2017

La carrera de Feng Xiaogang es, en términos generales, tan compleja y cambiante como lo es su última película, Yo no soy Madame Bovary, la cual nos introduce en el relato de Li Xuelian (Fan Bingbing), una mujer china que, junto a su marido, engañó a las autoridades chinas con un divorcio con el que, en principio, perseguía conseguir una casa, aunque, al final, sabremos que las motivaciones eran otras mucho más humanas. Sin embargo, él, una vez divorciados, se casó con otra mujer, rompiendo así el acuerdo que tenía con ella. A partir de ahí, Li Xuelian luchará contra las autoridades para que se reconozca, por raro que parezca, que ella les engañó.

Así de absurdo es el planteamiento argumental de la película, pero no por incoherencia interna del relato, sino por aquello que muestra. Porque la obsesiva y casi irracional lucha de Li Xuelian, además, dará un giro cuando su marido la acuse de haber tenido relaciones con otros hombres antes de su matrimonio. Acusación que ocasionará que su lucha contra las autoridades sea mucho mayor, dado que, ahora, tiene además que limpiar su nombre puesto que socialmente ha quedado ‘marcada’.

Yo no soy Madame Bovary se mueve entre la comedia y el drama, con una fina ironía alrededor de unos sucesos que rayan lo irreal ante un conjunto burocrático tan caótico como esencialmente masculino. El espectador asiste a todo ello con cierta incredulidad ante lo que está viendo, por el embrollo, por lo absurdo. Todo resulta tan extraño como creíble. El director chino, no obstante, intenta modular entre elementos cómicos y melodramáticos sin conseguir una cohesión del todo ajustada, algo que, por otro lado, acaba beneficiando en ciertos momentos al discurso de la película dado que entre idas y venidas durante diez años de quejas y denuncias, el cambio de tono y de registros, o, mejor dicho, la confusión entre comedia y drama, acaba potenciando lo surreal de la situación. No se sabe si lo que vemos es digno de risa o de lamento, o de ambas, pero, en cualquier caso, en el itinerario, presenciamos un sistema burocrático sin sentido alguno.

El problema reside en que Yo no soy Madame Bovary alarga demasiado el planteamiento hasta agotar (y agostarse), excediéndose en momentos puntuales en cuestiones dramáticas que rompen el ritmo de la película. Se toma su tiempo para ir desarrollando la historia, pero avanza de forma demasiado morosa, aburrida por momentos, no tanto por lentitud, sino por falta de fuerza narrativa.

Quien conozca la obra de Xiogang no se sorprenderá de sus elecciones formales, siempre en busca de experimentar con la imagen. En esta ocasión, opta por el ojo de buey para concentrar la historia en un formato reducido que solo rompe para usar la pantalla cuadrada y, de manera puntual, para ampliar a completa, elecciones que tienen sentido en tanto a que minimiza el relato a su mínimo expresivo, encerrando a los personajes en un óculo visual que acaba siendo algo más curioso que efectivo a nivel narrativo. Xiogang cuida hasta el extremo las imágenes, y entrega una puesta en escena llena de ideas y de motivos imaginativos que ayudan a limar la aspereza del relato. Ese intento de dar forma a una miniatura cinematográfica, que se relaciona con las pinturas que abren la película, tiene un sentido de contraste dialéctico entre la gravedad, aunque cómica, de lo que se narra y la pequeñez de su formato. De ahí que, al final, cuando se conoce un elemento de gran trascendencia para entender las verdaderas motivaciones de la protagonista, la pantalla completa libere a los personajes una vez que se conozca la verdad. Hasta el momento, era necesario ‘enjaularles’, someterles a un formato reducido del que no pueden escapar hasta que la verdad sale a la luz. La idea queda más en un planteamiento interesante que realmente convincente, en gran medida porque, como decíamos, la película adolece de redundancia y, por momentos, de aburrimiento.

Vemos una China burocratiza y llevada hasta el absurdo con el fin de poner en cuestión sus mecanismos tanto políticos como sociales. Del mismo modo que entendemos cómo una vida particular, íntima, de una campesina, puede acabar influyendo en altos cargos del gobierno a base de sus denuncias, pero también cómo su vida se puede ver afectada por unas decisiones –entre ellas, la suya, por otro lado, dado que engañó- que van más allá de los despachos. Pero la ambición de Xiogang de dotar al relato de tanta dureza como ligereza, acaba derivando en una confusión tonal que evita que Yo no soy Madame Bovary sea tanto una propuesta visual llena de ideas como una historia con alcance más allá del capricho formal y su esteticismo llamativo pero inocuo.



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