Opinión
Pablo Iglesias posa con el Tramabus. Flickr
Pablo Iglesias posa con el Tramabus.
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Tramabus: una buena idea, pero insuficiente

Nuestra realidad es un esperpento. Todo es un enorme circo. Grotesco. Absurdo

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Jue, 20 Abr 2017

Comenzábamos la semana con un "escándalo" en las redes sociales: Ramón Espinar, senador de Podemos y secretario heneral de Madrid, había estado el fin de semana comiendo marisco. Y las redes ardieron. Sí, parece ser que comer marisco debería estar limitado solamente para los "pudientes" (así se consideran algunos que entienden que algunos bienes y servicios solamente deberían estar al alcance de unos pocos). Absurdo. Por un lado, por el hecho de entender que el marisco es un lujo, cuando afortunadamente en España disponemos de acceso a alimentos sanos, frescos y al alcance de la mayoría de la gente. Aunque esta es una cuestión a profundizar por el daño que nos han causado determinadas políticas (sobre todo europeas), que han destrozado nuestra capacidad de producción, haciendo añicos a nuestros recursos agrícolas, pecuarios y del ámbito de la pesca. Un largo engaño que llevamos sufriendo demasiados años y que ha ocasionado que hayamos tenido que dejar de producir nuestros productos -de excelente calidad, dicho sea de paso- para pasar a consumir los que vienen de otros lugares porque así se regulan las cuotas en este extraño mercado. Pero eso es otra discusión bastante más larga y que daría para escribir mucho al respecto. 

El escándalo, como decía, venía más bien por tratar de considerar que Espinar, quien desde de mi punto de vista intentaba justificarse de manera absurda diciendo que había comido marisco "barato", comía esto o lo de más allá. Le situaban en el centro de la diana.

Al mismo tiempo, otra bomba estallaba en el mismo ámbito: las declaraciones de Cristina Cifuentes. En una entrevista hizo comentarios totalmente desafortunados sobre las mujeres: por un lado, que a ella eso de "hacerse la rubia" le había venido muy bien (o sea, hacerse la tonta era una estrategia de la que podía presumir), y para más inri, añadir que conocía a mujeres feministas que van perfectamente arregladas (como si esto rompiera el supuesto prototipo de que las feministas son desarregladas, incluso sucias). Se cubrió de gloria la presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego que sus comentarios merecen todo reproche. Pero la cuestión que quiero poner de relieve no es esa, aunque bien daría para muchos artículos su incoherencia, y el daño que hace al trabajo del feminismo que tanto nos cuesta sea respetado. 

Lo que quiero poner de manifiesto es que ese ataque, esa puesta en El Centro de la diana (con o sin razón, en eso ahora no entraré), responde una vez más a una máquina del fango (como hace meses comenzó a denominar Podemos), sobre dos personajes políticos que bastante tendrán que ver en todo lo que ha venido a suceder después, y que hoy está tratando de ventilarse en una moción de censura en la Comunidad de Madrid

Ayer saltaban todas las alarmas: quien fuera presidente de la comunidad, antes de Cristina Cifuentes, Ignacio González, era detenido por la presunta comisión de una buena colección de delitos. Fundamentalmente por haber inflado contratos públicos para llevarse parte del dinero en comisiones; adjudicar obras para la construcción de bienes de carácter público amañando los procesos, mercadeando con los empresarios y realizando entramados mercantiles con el único fin de obtener un beneficio económico ilegal. O sea: dicho de otro modo más sencillo: aprovecharse de su poder político para llenarse los bolsillos. Está por ver, todavía, si con esa pasta que presuntamente ha robado, se ha financiado de algún modo al Partido Popular. Pero huele todo demasiado. 

Y usted se preguntará: ¿y qué tiene que ver Cifuentes en todo esto? Pues según ella, este proceso de investigación que ayer hizo que González fuera detenido comenzó con una denuncia interpuesta por ella ante fiscalía (aunque hay quien informa de que esto no es del todo cierto, que quienes comenzaron con este asunto fueron otros, bastante antes). Sea como fuere, todo se andará, Cifuentes ha denunciado haber sufrido presiones por parte de Francisco Marhuenda y Mauricio Casals (director y presidente del periódico La Razón). Se han filtrado conversaciones de ambos donde reconocían haberse inventado noticias para "dar leches" a la actual presidenta de la Comunidad de Madrid. O sea: degradarla para restarle credibilidad, puesto que ella había iniciado un proceso para la limpieza de su propio partido. 

Es todo una barbaridad. Pero, sobre todo, lo que me parece fundamental es conocer el hecho de qué empresas y empresarios se dedican a jugar a este tipo de barbaridades. Porque es evidente que ante la opinión pública se está juzgando a los políticos (bien hecho), pero creo que falta una parte fundamental por poner en la palestra. Y son precisamente quienes llevan toda la vida aprovechándose de los políticos de turno y de su vanidad, para robar a manos llenas. Los que suelen quedar en un segundo plano y son realmente los beneficiados de todo esto, los constructores, los banqueros, los dueños de los medios de comunicación. Esos a los que esto les salpica pero poco les afecta.

Y al respecto Podemos sacó un autobús a la calle, con las caras de algunos personajes públicos, queriendo señalarles como parte de "La Trama". La idea es buena, aunque me temo que insuficiente. Porque si lo que se quiere denunciar es quién está realmente detrás de todo lo que ocurre, creo que el autobús no se atrevió a poner los rostros de los verdaderos culpables de todo esto. Eso sí, siempre es fácil retratar a algunos personajes conocidos, que, sinceramente, en algunos casos, dudo mucho que pasen de ser meros colaboradores de todo este tinglado. 

Hasta que no haya voluntad real de destapar lo que viene pasando desde mucho antes de la democracia en nuestro país, seguiremos en las mismas. Caerán los políticos de turno mientras todo sigue funcionando, con más o menos disimulo. Los medios de comunicación contarán lo que les dejen contar (dependen de la publicidad que, a su vez, pagan estos empresarios), y por lo tanto, muchísimas de las cosas no verán la luz, o al menos, no cuando realmente puedan depurarse responsabilidades. Sucederá como hasta ahora: las cosas se sabrán cuando hayan prescrito y cuando algún "tonto útil" se coma el marrón. 

Nuestra realidad, por tanto, es un esperpento. Todo es un enorme circo. Y dudo, sinceramente, que podamos afrontar de manera seria lo que realmente tenemos entre manos. Para eso haría falta garantizar una prensa libre, partidos políticos verdaderamente autónomos. Y una población con capacidad crítica para votar en consecuencia. 

 

Beatriz Talegón es miembro de Somos Izquierda