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Opinión

El comunismo y como lo viví

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Mié, 8 Mar 2017

Este año se cumple un siglo de la revolución bolchevique, así que vamos a leer mucho sobre la misma. También en estos días he acabado el libro de José L. Pardo – sobre el que ya algo he escrito – “Estudios del malestar”, en el que trata también de lo que fue el comunismo, en los países no-comunistas el pasado siglo. Ambas circunstancias me han llevado a rememorar, como yo viví el mismo durante mi juventud, mi etapa universitaria, y mis primeros años de militancia en el PSOE. Fueron años en lo que era bastante incómodo ir a contracorriente y no ser comunista, no entender el marxismo en su desviación leninista. Sobre esos años algo ya escribí en mi Blog: https://senator42.blogspot.com.es/2014/11/ruptura-o-reforma-la-historia_23.html.

La palabra “comunismo” en aquello tiempos, aún llevaba consigo una significación que podríamos llamar trascendente, que podía variar según su uso estratégico y que, por ello, por su inestabilidad, resultaba difícilmente discutible. Pero lo que si se podía ya discutir y rechazar, era la práctica (praxis), los hechos históricos de los partidos comunistas, la significación empírica de la palabra mágica ¡comunista!

La militancia comunista se benefició desde el principio, de una carga filosófica transcendente, de la que no disponíamos otros partidos políticos, especialmente los socialdemócratas, los socialfascistas como nos apelaban. Ser comunista no debiera haber significado empíricamente, otra cosa que ser militante del partido comunista. Pero quienes lo eran, añadían a esa condición una significación metafísica, gracias a la cual – ver el libro de José L. Pardo -  como los socios del Barça dicen que su equipo es “més que un club”, daban a entender que militar en un partido comunista, era “mucho más” que ser militante de cualquier otro partido. Y ese sobrepeso semántico de la palabra “comunista”, parecía connotar un grado de compromiso superior al del resto de los proyectos políticos, algo muy parecido a una fe religiosa. En realidad en aquello años la pregunta ¿eres comunista? que te endilgaba de repente cualquier compañero de la universidad, era casi sinónima a la de ¿eres creyente?

Yo nunca he sido comunista, quizá por tradición familiar y por la educación que recibí en casa: laica, democrática, liberal, solidaria… Pero cuando llegué a la universidad, la verdad es que no tenía claro donde deseaba habitar políticamente, aunque sí sabía muy bien, donde no me alojaría: ni en el fascismo, ni en el comunismo. Pero si hubiera dudado por un instante, si me hubiera dejado convencer por los muchos conocidos que eran comunistas, ese concepto religioso, misionero, que tenían de la vida, me hubiera bastado para echarme atrás. En el año 1974 comí un día en Valencia con Vicent Ventura (era un gran gourmet), uno de los fundadores del Partit Socialista Valencia (PSV). Y me contó como coincidió en una celda con un miembro del Partido Comunista, y como éste, de madrugada, se levantaba para hacer un montón de flexiones, y luego le decía: “Y ahora vamos a debatir sobre el materialismo histórico”. A lo que él le contestaba siempre: eres un pelmazo, yo lo único que quiero, es salir cuanto antes de aquí, y no soporto tu mesianismo.

El militante comunista sentía que sólo su acción (“directa”, “revolucionaria”, no “representativa” ni “parlamentaria”) era política de verdad, mientra que en los parlamentos, en los juzgados, en los consejos de ministros, o en los periódicos burgueses, todo era simulacro y espectáculo. El comunismo consiguió que en buena medida, la política se identificara con la revolución. De tal modo que lo que no era – al menos embrionariamente – “acción revolucionaria”, no se considerase acción política, ni actividad pública; y que lo que se llamaba “política” en las cámaras legislativas, en los tribunales, en los gobiernos, o en los periódicos no era, de acuerdo con sus premisas, más que un puro sainete.

De mucho de esto es de lo que los neocomunistas de hoy, me parece, tienen una incurable nostalgia. Aquellos años del siglo pasado, es la que añoran como la “edad dorada”. Pero no tienen presente que  esta melancolía, confunde la realidad histórica, con la demagogia propagandística del partido, es decir, con la “promesa” que éste hacía a sus potenciales afiliados, de que cualquiera, si se unía al partido, podrá “subir a escena”, y convertirse en protagonista de la Historia mundial, con el mismo rango que cualquier líder nacional. Que si repartía un panfleto en un mercado o arrojaba una piedra en una manifestación, y no lo hacía como simple individuo, sino en cuanto comunista, pasaría a formar parte de los que conducen el tren de la historia hacia la estación de destino.

Lo peculiar del comunismo en aquellos años, era que confería a la acción política directa, una seriedad “científica” que ampliaba su representación, y de la que no disfrutábamos, por ejemplo, los socialdemócratas. Porque toda protesta puntual de un comunista, adquiría una significación trascendente, merced a la filosofía del materialismo histórico, cuyo sostén, como sabemos, era el pensamiento de Hegel. Sólo así cualquier acción aislada se convertía en genuinamente revolucionaria, y sólo así cada “agente local” podía sentirse siempre acompañado, como parte de una estrategia político-militar infinitamente compleja e interconectada; como un soldado del gigantesco ejército proletario que libraba una guerra mundial, y cuyos intachable fines, justificaban todos los medios.

La mayoría de los que en esa época, ejercíamos el activismo político en organizaciones no comunistas, éramos incapaces de comprender, y hasta de leer, una sola página de la “Ciencia de la lógica”, o de la “Fenomenología del espíritu” de Hegel, e incluso de “El Capital” de Marx. Los militantes comunistas de base, tampoco entendían una palabra de todo aquello. Se descargaban una versión comprimida de la Historia mundial, cada vez que emprendían una acción, pero jamás llegaban a leer ese “archivo”: confiaban en que los dirigentes del partido si lo hacían (en el PSOE nunca fuimos tan crédulos) y en que gracias a ello, sus acciones locales se convertían “directamente”, en actos coordinados de una revolución generalizada, universal, y quedaban justificadas como los episodios encajan en la trama, cuando el poeta construye una fábula bien armada, condenando a todas las doctrinas rivales, al limbo de las ensoñaciones bienintencionadas, que Engels llamó “socialismo utópico”, para distinguirlo del “socialismo científico” de su socio Marx.

Pus así fue, o así lo recuerdo.