Cincuenta personas con enseñas de Falange a las puertas del Ateneo de Madrid esperando al expresidente de la Generalitat, Artur Mas - EFE
Varias decenas de personas con enseñas de Falange a las puertas del Ateneo de Madrid esperando al expresidente de la Generalitat catalán Artur Mas
Al sur a la izquierda

Cataluña se ha españolizado

'Muchos de la generación la Transición soñaban secretamente con catalanizar España, con tener una Castilla o una Andalucía un poco más catalanas'

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Mar, 1 Ago 2017

El catalanismo desbocado tiende a hacer a todos los españoles españolistas, del mismo modo que el españolismo desbocado tiende a hacer catalanistas a todos los catalanes: quienes un día nos acostamos españoles al siguiente nos hemos levantado españolistas. Y lo mismo les habrá pasado a muchos catalanes.

Son malos tiempos para quienes aspiren a ser simplemente españoles o simplemente catalanes, ¡y no digamos para quienes quieran ser cada vez menos españoles o cada vez menos catalanes!

El ‘procés’ está haciendo de todos nosotros unos malditos patriotas: he ahí una de las victorias menos obvias pero más lúgubres del independentismo que simula liderar Puigdemont convirtiendo el palacio civil de la Generalitat en lo más parecido a una casa cuartel de la Guardia Civil regida por el lema de ‘Todo por la patria’.

Contra la ironía

La templada categoría ontológica de catalán o de español a secas tiene los días contados. El patriotismo es enemigo de las medias tintas, de la tibieza, de la desgana, de la falta de fe. El patriotismo es enemigo mortal de la ironía. No quiere ciudadanos a secas y menos todavía ciudadanos irónicos.

Lo que el patriotismo quiere son soldados, con armas o sin ellas; por fortuna, en estos tiempos sin ellas. Esta etapa en las difíciles relaciones entre España y Cataluña que nos ha tocado vivir intenta hacer de todos nosotros unos soldados. Da igual que nos guste o no nos guste serlo. Da igual que queramos o no queramos combatir.

La guerra metafísica

Podemos, como mucho, posar durante algún tiempo de ciudadanos del mundo, pero nunca sería por mucho tiempo. Podemos incluso pasarnos al enemigo y traicionar a los nuestros, pero no podemos eludir la guerra política y, sobre todo, metafísica que se avecina. Ser o no ser, esta es ¡otra vez! la cuestión. Ser español o ser catalán. Ser españolista o ser catalanista.

Vienen tiempos en que va a ser muy difícil no ser nada. ¡Qué alivio sería poder no ser nada! ¡Qué felicidad ser dueño de un hortal de tomates, cebollas y berenjenas a orillas del Ter o del Guadiana y no pensar en la patria! Como diría Miquel Martí i Pol: ‘Demano poc, demano poca cosa, només poder treballar com fins ara’.

Una España menos española

Para quienes secretamente y no sin cierta melancolía aspirábamos a que España fuera cada vez un poco menos española y un poco más catalana es un fastidio esta súbita militarización a ambos lados del Ebro que parece irreversible aunque todavía confiamos en que no lo sea.

Algunos, tal vez no muchos, es difícil saberlo, nos hemos quedado en tierra de nadie, como desconcertados desertores que no saben muy bien adónde ir. Es como si de pronto los nuestros ya no fueran los nuestros y nosotros ya no fuéramos nosotros. ‘Yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa’.

Una Cataluña menos catalana

¿Se ha hecho de pronto Cataluña demasiado catalana o ha sido más bien todo lo contrario, que ha ido haciéndose cada menos apaciblemente catalana y cada vez más furiosamente española?

Si la generación del 98, aunque no toda ella, y la generación del 14 querían europeizar España, a muchos de la generación de quienes empezamos a ser adultos con la Transición nos hubiera gustado catalanizar España, tener una Castilla, una Extremadura o una Andalucía un poco más catalanas, no completamente catalanas, pero sí un poco más. Lo suficiente para habernos entendido un poco mejor unos a otros. Lo suficiente para no haber llegado a esto. Lo suficiente para haber sido todos, catalanes españolizados y españoles catalanizados, más juiciosos, más templados, más irónicos.