El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page.
Emiliano García Page, presidente del Castilla-La Mancha.
Análisis

El ‘pacto de Toledo’ despierta fuertes recelos en Sevilla

El acuerdo de PSOE y Podemos en Castilla-La Mancha es rechazado por Teresa Rodríguez y recibido con frío respeto por Susana Díaz

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Dom, 16 Jul 2017

Aunque por distintos motivos y en distinto grado, el acuerdo alcanzado esta semana en Castilla-La Mancha por el PSOE y Podemos no despierta entusiasmo alguno en las filas de socialistas y morados andaluces que dirigen Susana Díaz y Teresa Rodríguez, respectivamente.

Un error estratégico

Al igual que la corriente Anticapitalistas a la que pertenece, la dirigente gaditana es rotundamente contraria a que Podemos participe en un Gobierno presidido por socialistas.

Aunque no ha sido explícita y ha preferido optar por un perfil bajo, Teresa Rodríguez considera un error estratégico la decisión de sus compañeros de las Cortes de Toledo de entenderse con los socialistas, a quienes ve cómplices de un sistema económico y político que da la espalda a ‘la mayoría social’.

Hilar fino

En cambio, el pacto de Toledo tiene todas las bendiciones de Pablo Iglesias. Muy fino tendrá que hilar Podemos para que esa discrepancia entre Madrid y Sevilla –esta vez pasando por Toledo– no acabe abriendo una nueva grieta en la organización.

Ciertamente, Rodríguez es la líder indiscutible del partido en Andalucía, pero sus datos electorales son los que son: si a nivel nacional Podemos le pisa los talones al PSOE disputándole con autoridad la hegemonía de la izquierda, a nivel andaluz un abismo –hoy por hoy infranqueable– de 20 puntos y 32 diputados separa a los morados de los socialistas.

Una pregunta difícil

La contradicción en que el pacto de Toledo sume a Podemos sugiere a dirigentes socialistas andaluces preguntas como esta: si hoy hubiera elecciones autonómicas en Andalucía y se repitieran los resultados de marzo de 2015, ¿vendería Rodríguez su voto a la investidura de Díaz tan caro como quiso venderlo dos años atrás? ¿Forzaría Pablo Iglesias a sus compañeros andaluces a algún tipo de acuerdo? ¿Tendría poder suficiente para forzarlos?

Un escenario así, por lo demás nada improbable en un futuro cercano, haría saltar las costuras del traje morado, pues el entendimiento –cualquier clase de entendimiento– de Teresa Rodríguez con Susana Díaz resulta ahora mismo inimaginable.

La otra orilla

¿Y cómo se ven las cosas desde la otra orilla del profundo río de la izquierda? Pues tampoco de modo muy optimista.

Susana Díaz y los suyos tienen muy claro que, como trasladaba a EL PLURAL un dirigente andaluz, Podemos quiere sustituir al PSOE: “Su caladero de votos coincide con el nuestro y el nuestro coincide con el suyo, pero no se olvide que hemos sido los socialistas andaluces los que hemos impedido que Podemos sea la segunda fuerza en el Congreso de los Diputados”.

Es obvio que Ferraz no comparte ese diagnóstico, pero San Vicente no tiene motivos para abandonarlo puesto que hasta ahora le ha ido bien con él.

El perfil antimorado

Aun así, el PSOE andaluz no cierra del todo la puerta a entendimientos puntuales con Podemos. Y eso que el perfil fuertemente antimorado de Susana Díaz tal vez no sea su mejor compañero de viaje en estos tiempos, como bien sabe el presidente castellano-manchego Emiliano García-Page, obligado por las circunstancias a ‘comerse’ sus gruesas descalificaciones contra Podemos en el pasado y a compartir mesa y mantel con ellos en el Palacio de Fuensalida.

La cordialidad imposible

Si el apoyo de Iglesias al pacto de Toledo ahonda sus diferencias con Teresa Rodríguez, el de Pedro Sánchez a ese mismo acuerdo no tiene similar efecto sobre sus relaciones con Susana Díaz sencillamente porque estas son tan malas que pocas cosas pueden empeorarlas.

Lo prioritario no es tanto restablecer entre ambos una cordialidad imposible como hacer todo lo posible para que públicamente no se visualice el abismo que los separa.

El socialismo zen

En ese sentido, ninguno de los dos, pero sobre todo Díaz, puede bajar la guardia: los perros de presa del periodismo político acechan en la sombra, prestos a disputarse cualquier desliz para convertirlo en plato principal del menú de sus portadas.

Díaz y Sánchez han dado al respetable tan buenas tardes de encarnizada lucha en el pasado, que los cronistas políticos seguirán durante mucho tiempo añorando aquellos fieros combates. Pero deberían darse por vencidos. Tras la victoria de Sánchez en las primarias, el escenario es otro: Pedro intenta marcar perfil propio, consolidar alianzas orgánicas y mejorar sus encuestas y Susana ha regresado a sus cuarteles del sur y abrazado un ‘socialismo zen’ que le será muy útil para hacerse perdonar las belicosidades de antaño.

La hora del deshielo

Mientras tanto, puede que Díaz sea consciente de la conveniencia de buscar un cierto deshielo con Podemos y de ahí que ambos partidos anunciaran en junio su primera iniciativa legislativa conjunta en dos años, relativa a la ley para la igualdad de trato, protección de derechos y contra la discriminación de las personas LGTBI.

Los respectivos portavoces parlamentarios del PSOE y de Podemos Andalucía, Mario Jiménez y Teresa Rodríguez, dijeron incluso que no cerraban la puerta a futuros acuerdos en otras materias.

¿Un punto de inflexión?

El acuerdo sobre igualdad sexual fue ampliamente recogido por los medios andaluces, pero ninguno lo interpretó como un punto de inflexión en las enrarecidas relaciones entre ambos partidos.

Hoy por hoy, en Andalucía no sería viable una política de distensión entre las dos potencias de la izquierda, entre otras cosas porque el pacto del PSOE con Ciudadanos, aun habiéndose encarecido en los últimos tiempos, goza de buena salud.

Viejas heridas

El caso es que las diferencias que separan a Susana Díaz y Teresa Rodríguez van más allá de lo político. No hay química personal ni entendimiento ideológico alguno. Más bien todo lo contrario.

El tenso interregno de 80 días entre las elecciones de 2015 y la investidura de Díaz dejó profundas heridas que siguen supurando y que, aun contra su voluntad, ambas dirigentes exhiben periódicamente en las sesiones de control a la presidenta. Las dos tienen buenos motivos para no ver con simpatía el pacto de Toledo.